El arte de la envidia

2/9/2015

 

Recientemente se ha formado un gran revuelo en la red, y lo que no es la red, tras la emisión el pasado domingo, dentro de la programación de AlacantíTv, de la última entrega del programa «La explanada».

En dicho programa se dedicó un largo rato a hablar sobre los «booktubers». Para quien no conozca el fenómeno booktuber, con más arraigo hasta ahora en EEUU y Latinoamérica, estamos hablando de jóvenes, en su mayoría adolescentes, que por medio de blogs y sobre todo Youtube hablan de los libros que leen y comparten sus críticas y reflexiones con todo aquel que quiera entrar en sus vídeos. Esta es la definición simple, puesto que los booktubers hacen más vídeos, como aquellos en los que cuentan qué libros tienen pendientes de leer en ese mes, qué libros han recibido regalados de autores y editoriales, etc.

 

Hasta aquí todo sería normal, con un programa de televisión dedicado a la literatura que invierte unos minutos en hablar sobre un tema candente dentro de este mundo literario nuestro. Pero la cosa deja de ser normal cuando en un programa que debería limitarse a informar y dejar que sea el espectador quien saque sus conclusiones o decida si quiere o no saber más sobre el tema tratado, la presentadora y la colaboradora que se ha «trabajado» el tema se dedican a criticar, vejar a insultar a los mencionados booktubers.

 

El programa comienza por criticar el uso mismo de la palabra «booktuber». Bien, podría llegar a entender eso en el marco de una crítica a ciertos anglicismos inventados y esperpénticos que se han visto recientemente, como «printear», «accesar», «spoiler», etc., pero no es de recibo criticar el uso de «booktuber», cuando, además de un juego de palabras, se trata del nombre que ya fue dado al fenómeno en EEUU hace muchos años. Amigos, a estas alturas no vamos a reinventar la rueda, ni debemos hacerlo. Es como si, por poner un ejemplo ridículo, un canal deportivo español quisiera emitir en España las carreras de la Nascar americana y decidiera, porque eso le parece un horrible anglicismo, rebautizarlas en España como «Nascoche». Sí, recurro a la reducción al absurdo, lo sé, pero igual de absurdo me parece quedarse con lo anecdótico del «tuber».

 

Lejos de quedarse ahí, la presentadora y su colaboradora pasan una media hora larga dejando caer perlas como «Esta chica tiene demasiado tiempo libre», o «Algo no ha funcionado en el sistema educativo» cuando descubren que una joven booktuber publicó su primer libro con solo 12 años. Después siguen con gloriosas intervenciones como «Algo hemos hecho mal nosotras» o «Igual me hago yo mi canal de Youtube». ¿Cómo llamamos a eso? La e con la ene, «en», la uve con la i, «vi», la de con i, «di», la de con la i y con la a, «dia». En resumen: «envidia».

 

Hacía tiempo que no acudía a un mayor chorreo de mala sangre, inquina y odio gratuitos y me parece increíble que en un país en que se sabe que apenas se lee, haya personas que permitan la emisión de programas de televisión en los que se pone a bajar de un burro a adolescentes que promueven la lectura. No se puede permitir que, desde el desconocimiento y la ignorancia más rancios y rastreros, se pronuncien gratuitamente frases como «toda la literatura juvenil es mierda». No seré yo el que diga que las novelas de Harry Potter sean lo más de lo más en literatura, pero han hecho una cosa que estas mujeres no pueden negar: crear cultura y lectores, y hacer que adolescentes y no tan adolescentes, que no habían cogido un libro en su vida o llevaban tiempo sin leer, se decidieran a dar una oportunidad a la literatura. Seguro que muchos de los que en su día leyeron esas obras no habrán ido a más y se habrán quedado en eso, pero con que sólo un 10% de aquellos lectores que se acercaron con curiosidad y/o miedo a Harry Potter hayan seguido leyendo, tanto si son obras similares como cosas con, supuestamente, más «enjundia», yo me doy por satisfecho y, como escritor, doy las gracias a J. K. Rowling y bato palmas con las orejas.

 

Me queda el consuelo de que se trata de una cadena de televisión local, con poca o nula audiencia, pero esto no deja de ser un reflejo de una realidad: España, por mucho que nos pese, es un país de envidias y envidiosos. Lejos de alegrarnos por los éxitos o las iniciativas de los demás, preferimos echar mierda sobre estas, y ni siquiera porque sean competidores directos. Todos nos hemos reído o sonreído alguna vez con el «Yo he venido aquí a hablar de mi libro» del ínclito Paco Umbral, pero, y esto lo digo por propia experiencia, ¿qué podemos esperar en un país de zancadilla continua como este? Si el propio escritor no habla de su libro, no habrá otros que lo hagan, mientras exista esa sensación, enquistada en muchos escritores y algunos «agentes culturales», de que hablar bien del libro de otro quitará ventas al tuyo propio. Mientras en este país no se entienda que el fomento de la lectura es en pro del bien común, no habrá manera de avanzar, y España seguirá siendo ese país en el que se publica mucho más de lo que se lee. Claro, por supuesto (conectemos el modo ironía) como dicen las presentadoras de «La explanada»: «tener un libro no tiene mérito, ahora cualquier puede tener un libro». Señoritas (o señoras, no las conozco tanto ni creo que quiera conocerlas), cualquiera puede tener un libro, pero cualquiera no puede escribir un libro que merezca la pena leer. Y de todos modos, mientras sigamos así, echando mierda a los escritores y a los agentes culturales, sean de la edad que sean y usen el medio que usen, no habrá manera de avanzar en dirección alguna.

 

Desde aquí quiero romper una lanza no sólo en favor de los booktubers, que se lo merecen por lo mucho que leen y por ser capaces de sacar los colores a adultos que van de cultos y no leen ni la décima parte que ellos, sino en favor de todos los agentes culturales de este país, donde el problema no es sólo el IVA cultural, sino esa imagen que personajillos como estas presentadoras proyectan sobre la cultura española, menospreciándola sin siquiera molestarse en conocerla. Me da igual si la novela de X o la película de Y son buenas o malas, siempre que exista la posiblidad de que se produzcan, en libertad y sin recibir críticas de quienes ni han abierto la novela ni han visto la película y, lo que es peor, nunca lo harán, ni esas ni otras.

 

Defendamos la cultura, leñe.

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