Capítulo 3

11/4/2006

 

Ya falta menos...

Este el tercero de cuatro capítulos. Como podréis comprobar es corto, más que el anterior. En principio había pensado publicarlo como un sólo capítulo y dejarlo en sólo tres, pero releyéndolo he decidio cortar a la mitad, en el momento más interesante. A veces soy un poco cruel, ¿verdad?

 

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INVASIÓN. (CAPÍTULO 3)
 

 

Media hora más tarde, Luis salía de la vieja base militar con la misma mochila que había cogido antes, pero con un contenido ligeramente distinto. A las cosas que había recogido, Belfort había añadido su bomba, que tenía aspecto de botella de Coca Cola, bebida que parecía volver locos a los alienígenas. Le había dado también las llaves de un hangar, para que escogiera un coche de los allí aparcados, el que más le gustara. Con dicho coche, se acercaría a una dirección que le había entregado, donde se encontraría con los comerciantes, quienes, para cuando él llegara, ya estarían al tanto de que quería unirse a ellos y tenía un buen cargamento de Coca Cola. Suponía que seguramente, le estarían esperando con los brazos abiertos, como así fue al final. Sólo eran tres hombres, cuando él hubiera esperado un grupo más nutrido, aunque, teniendo en cuenta que su propia ciudad estaba desierta, no le pareció tan raro.

 

No hubo que esperar mucho a que llegara el día de la negociación. Nada más unirse a la primera reunión de su nuevo grupo de amigos, Luis fue informado de que al día siguiente, a primera hora y sin perder un minuto, se acercarían a la ciudad Flang más cercana, donde les estaban esperando. Le extrañó un poco la prisa que se estaban dando y que nadie le hiciera ninguna pregunta, pero imaginó que en un mundo tan duro, con la humanidad herida de muerte, la burocracia había dejado de tener sentido. Se limitó a asentir a todo y en cuanto pudo, propuso organizar una pequeña “fiesta”. Entre las cosas que llevaba encima, había una botella de ron, producto extremadamente difícil de encontrar y que no gustaba a los extraterrestres. Si iba a ser su última noche vivo y la de todo el planeta, quería olvidarse de todo y coger una buena cogorza. A sus compañeros les dijo que quería celebrar su buena suerte y el hecho de haber encontrado la botella, y estos no se quejaron. El alcohol era un artículo de lujo, y nadie en su sano juicio decía que no a una invitación.

 

Al día siguiente, se despertó con una resaca bastante importante, debido a que la fiesta se había alargado hasta altas horas de la madrugada. A pesar de todo, el dolor de cabeza no era muy fuerte. Aparte de eso, antes de entrar en la ciudad iba a tomar un par de pastillas para evitar las migrañas provocadas por las medidas defensivas de los Flang, lo que le llevaba a pensar que tal vez la resaca también desaparecería. De todos modos, al mundo conocido le quedaban pocas horas de vida, así que una resaca más o menos no podía ser algo tan importante.

 

Desayunaron algo rápido y se dirigieron a la ciudad, en cuya entrada les esperaba una pequeña avanzadilla de los Flang. Luis nunca se había enfrentado cara a cara con uno de ellos, excepto con alguna que otra imagen de televisión, y la experiencia le resultó mucho más chocante de lo que jamás había imaginado. A lo largo de su vida, había conocido personas con rostros inexpresivos, pero los de aquellos tipos, si se les podía llamar así, se llevaban la palma. Sus ojos, como en las películas, eran grandes, pero ni eso les libraba de no mostrar expresión alguna. Eran pelotas negras que no decían nada, ninguna emoción. Por no decir, no decían ni en qué dirección estaba mirando su dueño.

 

—Buenos días —dijo Luis en cuanto llegaron al punto exacto en el que los Flang les estaban esperando—. ¿Alguien ha pedido unas cajas de Coca Cola?

 

Nadie respondió, cosa que no le sorprendió. Había llegado a sus oídos el rumor de que los Flang, aparte de expresividad en los ojos, también carecían de sentido del humor. De todos modos, él estaba especialmente nervioso, situación que siempre trataba de apaciguar hablando hasta por los codos.

 

—Vaya, parece que estamos un poco dormidos hoy, ¿no? —dijo Luis tratando de sonreír lo más posible—. Está claro que os hace falta la Coca Cola. Pero no os la bebáis toda de golpe, que la cafeína es mala.

—Creo que no le he entendido —dijo uno de los alienígenas, con la misma falta de expresividad que sus ojos ya mostraban.

—Perdone a mi amigo —dijo uno de los comerciantes. Luis creía recordar que se llamaba Marcos, pero sus recuerdos de la noche anterior aún nadaban en ron—. Es nuevo y no creo que haya tenido nunca trato directo con ustedes.

—De acuerdo —dijo otro de los alienígenas—, eso no importa. Que pase cuanto antes. No tenemos tiempo que perder en charlas.

—Vale, vale, ahora entro —dijo Luis, caminando mientras seguía tratando de sonreír y hacer bromas—. Seguro que vosotros dos sois la alegría de todas las fiestas. Deberías probar esas Coca Colas mezcladas con vino o algún licor, seguro que se os alegría un poco más el carácter.

 

Con la misma alegría, Luis entró en la ciudad, dando la espalda al comité de recepción. Aprovechando esa situación, metió la mano en el bolsillo, sacó dos pastillas, que eran la forma de administrar la “medicina” que le libraría de las migrañas, y se las tomó, tras lo cual su vista sed nubló de repente. 

Cuando se recuperó, su resaca había desaparecido, de la misma manera que él, que ya no estaba en la entrada de la ciudad. Se encontraba dentro de una especie de celda de cristal, o de un material muy similar. Su primera idea fue golpear las paredes con todas sus fuerzas, pero estaba claro que aquel material no era cristal, aunque lo pareciera. A pesar de ser transparente, era también duro como el acero, con lo que sólo consiguió dañarse un pie y una mano, tras lo que decidió desistir y observar a su alrededor, para ver si era capaz de descubrir dónde estaba y por qué, aunque no tuvo mucho tiempo. Antes de que tuviera oportunidad de ponerse al día, se abrió una puerta. El sitio no estaba muy iluminado, por lo que Luis no podía ver nada a más de dos metros de distancia, y menos a los cinco o seis que le separaban de la puerta. Sólo podía ver una silueta que se acercaba, aunque no tardó demasiado tiempo en ver quién era. Se trataba de su viejo amigo Belfort, que había abandonado la bata blanca y ya no se movía entre tubos de ensayo en un viejo laboratorio militar.

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