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Mi primera "incursioncita" en el terreno policíaco


Buenas noches. Hoy he decidido subir al blog un relato que escribí durante las fiestas navideñas. Como los últimos que he publicado aquí, es un relato corto, y en este caso especial, ya que se trata de mi primer intento de escribir algo mínimamente encuadrable en el género policíaco. No es un obra compleja, tened en cuenta que la escribí en poco más de una hora, pero sí me gusta el resultado. Hasta el momento, la han leído unas pocas personas y a todas les ha gustado, pero quiero más opiniones. Por lo demás, la vida sigue igual, a la espera de que llegue el tan esperado (al menos por mí) fallo del premio de relato de yoescribo.com. Ya envié el contrato firmado y recibí confirmación de que lo habían recibido correctamente, por lo que sólo queda esperar. Y ahora, el relato. Espero que os guste.

EL DEPORTE MATA

¿Qué podrían tener en común una llave, un palo de hockey, un billete de 100 yenes y dos guantes de cocina de los de sacar bandejas del horno? Probablemente nada, salvo que ese día fue lo que el inspector Soriano encontró en la escena del crimen. Era evidente que el palo de hockey, visiblemente manchado de sangre, era el arma del delito, pero nada más se sabía.

El palo no tenía huellas dactilares, como tampoco había en ninguna parte de la habitación, salvo las de su inquilino y también víctima. La víctima era Ernesto Balaguer, estudiante universitario de 22 años, según sus vecinos un chico encantador y según quienes le conocían de la universidad, el tipo más atento y amable que habían conocido. Fuera como fuese, el chico encantador y tipo atento y amable, yacía en el suelo de su habitación de la residencia de estudiantes, con el cráneo hundido por lo que parecía un fuerte golpe. Ya se encargaría el forense de dictaminar la hora de la muerte y el tipo de arma utilizad, pero Soriano tenía bastante claro cuáles serían las respuestas a tales interrogantes, por lo que empezó inmediatamente la investigación.

La falta de huellas u otras pruebas físicas más allá del palo de hockey y la sangre que sobre éste reposaba, dificultaban la investigación, ya que el inspector se vería obligado a interrogar a muchas más personas, de cara a reconstruir, con la mayor precisión posible, el último día de vida de la víctima. Jugaba a su favor —al menos en teoría— que nada más encontrarse el cadáver, cuando todavía estaba caliente, se había dado orden de cerrar todas las entradas y salidas del edificio, por lo que era posible que el asesino se encontrara aún dentro del recinto. Eso, entre alumnos y profesores, podría suponer una cantidad que con seguridad superaría con mucho el millar de personas, pero algo tendrían que hacer. En principio, pensó en descartar a los alumnos de materias muy diferentes a las de la víctima, pero se vio obligado a olvidar esa teoría casi al instante, a instancia de un alumno, amigo íntimo del fallecido. Por lo visto, éste era una de las personas más populares del campus, deseado por las mujeres y envidiado por muchos hombres. Al parecer, había participado en un “reality show” de la televisión local —uno de esos programas que Soriano nunca veía—, que le había convertido en el héroe del momento. Prácticamente no había una persona que no supiera quién era, y cualquiera podría tener un motivo para asesinarle. Sólo había que dar con el motivo y después, con el asesino. O viceversa, que, a efectos del resultado final, era exactamente lo mismo.

Tres días tardó un equipo de 20 policías en interrogar a todos los que se encontraban en la universidad. Durante ese tiempo, les fue entregada comida suficiente para alimentarlos a todos al menos tres veces al día, ya que las cafeterías del recinto no daban abasto y las máquinas de comida y bebidas habían quedado vacías o rapiñadas ya en la primera noche.

Después de las extenuantes jornadas de interrogatorio, ésta fue la reconstrucción que se hizo:

8:00. La víctima se levanta de la cama.

8:30. La víctima desayuna en la cafetería del edificio 3.

9:00. La víctima acude a su primera clase, “Estadística II”.

10:00. Segunda clase del día, “Bases de datos”

11:00. Tercera y última clase de la víctima en el día, “Interacción con los computadores”.

12:00. La víctima abandona el campus de la universidad y, según varios testigos, pasa media hora echando una partida en unos recreativos al otro lado de la calle.

12:30. La víctima vuelve a su habitación en la residencia del estudiantes del edificio 5.

14:00. Ante su tardanza para ir a comer, un compañero de clase de la víctima acude en su busca y lo encuentra muerto.

La hora de la muerte quedaba claramente fijada en un momento entre las 12:30 y las 14:00, lo cual concordaba a la perfección con la autopsia, durante la cual el forense había fijado la hora de la muerte entre media hora y una hora antes de la aparición del cadáver. Lo único que quedaba era ubicar a alguien más en la habitación, tarea harto difícil, debido a que nadie parecía tener nada en contra de la víctima. Lo de “héroe local” era algo más que un simple apelativo en ese caso, y todo el mundo se refería a él con palabras de elogio, acompañadas de diversos superlativos. Todas las historias, sobre todo aquellas que se solapaban entre sí, habían sido cotejadas y comparadas, y no se había hallado resquicio alguno en ellas. Quienes afirmaban no conocerle tampoco mostraban duda alguna, por lo que estaban casi como al principio. Tanto era así que al final del tercer día, el inspector Soriano dio permiso para que se abrieran las puertas de la universidad e incluso para que una persona del servicio de limpieza entrase en la habitación de Ernesto Balaguer. Y en buena hora lo hizo.

Durante la limpieza, mientras la meticulosa mujer de la limpieza quitaba el polvo a cada esquina de la habitación, descubrió algo que le llamó poderosamente la atención. Conocía la habitación al milímetro, ya que la limpiaba una vez por semana y sabía a quién pertenecía, por lo que le extrañó mucho encontrar un osito de peluche en la habitación de un hombre que, según sus propias palabras, afirmaba ser “muy macho” y “no andarse con mariconadas”. Cuando lo cogió, descubrió inmediatamente un curioso detalle que no pudo pasar por alto: ese oso llevaba una cámara oculta en su interior. Interesada y excitada —siempre había estado en secreto enamorada de aquel joven, a pesar de llevarle casi 20 años y estar felizmente casada— cogió el oso y se lo llevó a casa, donde vería la grabación en el ordenador de su hijo.

Esa misma tarde, Gloria Bermúdez, mujer de la limpieza, haría una visita a la comisaría de policía local, llevando en su mano un osito de peluche, y temblando como si hubiera visto un fantasma, cosa que no andaba tan lejos de la realidad.

El vídeo mostraba claramente lo que había ocurrido y cerraba el caso, que quedaría archivado como muerte accidental, después de que la policía examinara a conciencia el ordenador de la víctima, al cual no habían dado mucha importancia la primera vez. Al parecer, llevaba manteniendo casi un año una relación sexual por Internet con una mujer japonesa que se hacía llamar Yuki2007. Su relación se basaba en el intercambio de vídeos y fotos pornográficos. Cada vez, uno de ellos pedía al otro que hiciera algo frente a la cámara de fotos o de vídeo y éste lo hacía y enviaba. La última petición de Yuki2007, bastante inocente por otro lado, fue lo que al final supuso la muerte del pobre Ernesto Balaguer.

Yuki2007 había enviado por correo un billete de 100 yenes nuevecito a Ernesto, el cual usaba un código postal para evitar dar su dirección a cualquiera —de ahí la llave—, de donde recogió el billete, nuevo y reluciente. Por razones que no había desvelado, Yuki2007 quería ver a Ernesto desnudo, con el billete pegado en su frente y sosteniendo un palo de hockey con guantes de cocina, a lo que él accedió sin dudar. Con la inestimable ayuda de su aliento pegó el billete. Por desgracia para él, el aliento no es un gran pegamento, por lo que el billete cayó en poco tiempo. Incapaz de cogerlo con los guantes, decidió que sería mejor dejar que se pegara a uno de sus pies, tras lo que lo depositaría en la cama y volvería a empezar. Pero el billete era tan nuevo que provocó que resbalara, tras lo que se produjo el golpe con el palo de hockey y su muerte.

El vídeo fue destruido, el caso archivado como accidente y Gloria Bermúdez no volvió jamás a fantasear con ningún jovencito universitario. Por una vez llegó a ver desnudo a su idolatrado Ernesto, y no necesitó —ni pudo— hacerlo nunca más.

FIN


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